Escuché una vez una interesante reflexión: ¿Por qué obligábamos a los adolescentes a apagar sus móviles en los institutos si nosotros, 'los adultos', no lo hacíamos? La norma adecuada hubiera sido: Aquí se viene a trabajar necesariamente y TODOS debemos apagar nuestros móviles. Es más lógico y cualquiera -por muy adolescente que sea- lo entiende y lo cumple. Como en los cines o teatros donde si suena alguno es por despiste más que por chulería o desafio.
Pero al contrario nos empeñamos en poner límites, clasificaciones e infinidad de fronteras entre los territorios y demasiadas en las personas. Bebé, niña o niño, adolescente, adulto con obligaciones, anciano joven, anciano viejo, paliativo.... Cuando se debería suponer que lo que está mal, está mal a cualquier edad.
Si consideramos que un niño no debe ver ciertas escenas en un audiovisual porque pueden ser destructivas para su desarrollo....¿Por qué no pueden ser -sino igual de perjudiciales- sí bastante dañinas para un adulto? Una mina es siempre una mina (y maldita la prueba que tenemos de ello).
El sábado un chaval de once años me llevó ignorante a ver una película de Tiburón. Yo protesté porque ver una secuela más del animalito me parecía excesivo y aburrido. Él creía realmente que así era. Tiburón III. Pero fue un engañado más aquella tarde. Advertí al comienzo que el film no era recomendable para menores de 13 años y lo atribuí al exceso de 'tomate' y sustos bajo el agua con horribles muecas que se nos venía encima.
Pero no era el mismo tema de playa, bañistas sorprendidos y enorme depredador perseguido. Era una película de psicópatas. Y de psicópatas malos y crueles (sí, yo hasta hace poco tampoco sabía que había otros 'psicópatas normales' que pueden canalizar su absoluta falta de miedo a todo, su carencia de empatía hacia los demás y su seductor atractivo hacia causas sociales honradas donde estas características son útiles (policias de élite, heroicos bomberos, cirujanos a los que no les tiembla el pulso etc).
Debimos salirnos del cine nada más darnos cuenta, pero no lo hicimos, ya habíamos contribuido a financiar el morbo y el adoctrinamiento de las masas en su concepto cruel y sangriento del espectáculo. Tampoco los niños estaban tan sorprendidos....¿Cuántos asesinatos habrán visto ya reales o ficticios en imágenes?
Pensé qué diferencia había - para permitir visionar todo aquello- entre un adolescente de trece años y un adulto de 21....¿Qué significa más madurez? ¿La vida no es un continuo aprendizaje y la ética también es universal y cultural? Obviamente entiendo la diferencia o la conveniencia de no asustar a los más pequeños y su vulnerabilidad. Lo que me cabe menos en la sesera es por qué ese límite ante el cual parece estar todo irremediablemente perdido en la formación y ya todo vale.
Cumplir los 18 parece abrir automaticamente la valla y la grieta del infierno sin que hayamos llegado a saber (o nos hayan enseñado) qué y como es realmente el cielo. Supone llenarse sin límite de la resignación para considerar al ser humano un lobo loco predestinado a jerarquizar y matar. Y nos arrebatan con normalidad la grava y la arena para tapar esa grieta.
Osea, hacer el amor y no la guerra te lo aprendes -o te lo enseñan- ya casi al final. Como decía Jorge Martinez en su canción 'Destruye' cuando era un niño vaya una mierda...me jodisteis bien.
¿No sería mejor poder elegir una buena peli de besos, morreos, dulzura, belleza, penes y tetas, caricias o culos, vulvas y naturaleza, amistad, fondos marinos transparentes, compañerismo, naranjas, cocoteros, arena o algas? ¿Por qué ese gusto por la sangre, los mordiscos, los forenses, los asesinos, las armas?
(un poco antes a este blog había uno de Gina Saldaña -actríz. México- con esta cita de presentación: "El que alguien toque mi vida es un privilegio, tocar la vida de alguien es un honor, pero el ayudar a que otros toquen sus propias vidas es un placer indescriptible" me ha parecido muy positiva e ilustrativa sobre la gratificación que supone una vida terrenal)

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