Mi padre entraba en aquel taller con un papel en la mano donde varios dias atrás había estado tirando rayas, cavilando líneas, sumando y restando números. Ricardo al vernos entrar se ponía como loco haciendo aspavientos  mientras decía no Paco no, no....Y caminaba alejándose de lo que tenía entre manos como si se escapara por el taller a lo Groucho para dar a entender que de aquello pintado en la cuartilla no quería saber nada de nada.

Pero claro, la realidad laboral era un cuadrilatero de paredes con tragaluces en el techo y la amistad un abanico de aire fresquísimo que nos impulsaba a vivir. Y tenía que regresar al punto de partida de la soldadura o la lima y ya se decían buenos día y empezaba la negociación y Colomer me pegaba una colleja y repetía como otras veces que crecía un montón y mi padre -como otras veces- repetía:  Y nosotros para abajo.

Me gustaba ir con él a aquellos sitios. También al comercio de ferretería y electricidad que estaba al lado de 'La Aduaneta' que tenía un mostrador de madera pulido y romo por el uso. En aquellos sitios, por dificultosa que fuera la búsqueda de una pieza, de una tuerca, de una brida, al final se solucionaba el problema porque el mecanismo buscado y encontrado siempre encajaba en su lugar.

En el confesionario del colegio o en el discurso de la misa los domingos era todo lo contrario. Hicieras lo que hicieras siempre ibas a hacerlo mal. Cualquier acción sería criticable y dudosa, y entonces en el mecanismo de la vida no santificada irremediablemente pecabas y eras 'malo' (bueno, irremediablemente te decían que no, porque luego pasabas por el confesionario y te quitaban el pecao, aunque vean el circulo sin fin y el 'truco' que esto suponía). Si  eras bueno con tu madre, bien. Pero si eras demasiado bueno ya estabas pecando de absolutismo, ya que el cariño había que repartirlo y no era adecuado centrarlo en una sola persona. Y así todo. Los pecados capitales de los cojones aparecian siemprer; la frontera nunca tenía matíz. La mecánica era diferente. Los mayores que trabajaban y se ganaban la vida como sabían y podían manipulando objetos sacaban el 'pie de rey' y si aquello medía tantos milímetros es que servía; y si servía era bueno. Y punto.

El sábado estuve en el Mercado Central d'Alacant. El techo es el mismo que el de mis ensoñaciones. Hacía unos 3 años que no entraba, pero de niño con mi madre había semanas que siempre estábamos allí.

Eso precisamente es lo que me pasa cuando voy a Alicante: No sé si estoy soñando. Y entonces creo que por esto allí estoy tan bien. No sé si floto o es mentira o es verdad lo que vivo. Y esta situación me parece muy terapéutica. Además me corrobora el gran pueblo que es Alacant (siento decirlo otra vez) frente a la capital València que se lleva honores y nombre. Ya sé que la sección de pescado del mercado de Valencia está pendiente de remodelación. Pero no es sólo eso. Es el género. Qué bueno estaba todo el sábado. Se lo comenté a un chico que se tomaba el cortaito a las 8h. con el puesto ya arreglado y las gambas dormidas en su cama de caja soñando un eterno sueño rojo. ¡Cómo es posible que quede tanto todavía en el mar con la caña que le metemos! le dije. "Y en la tierra..y en la tierra queda mucho".

Los puesto de verdura y fruta son igualmente magníficos. Tienen muchos ese desaliño limpio de lo vivo y auténtico, con sus 'montañas' de la hortaliza o la fruta del tiempo que más abunde y por cuyos pasillos -aquí ya sí, o aquí todavía- se puede escuchar el valenciano entre los que compran y venden. Los locales de Valencia demasiadas veces tienen esa manipulación ostentosa y turística de la pirámide trazada a escuadra para colocar las naranjas y los nabos; que más parece para hacerse la foto acorde a la la monumental arquitectura del recinto que para alimentarnos bien y comprar cómodos.

Vixca Alacant !!

 ( a Celeste si me está escuchando que me anima a escribir)