Hay una perversión en la violencia (a parte de su asquerosa eficacia) por la cual un mismo acto brutal tiene justificación dependiendo de quien lo realice. Las sociedades otorgan rango de cordura a unos mandatarios y a otros no. Sin embargo, la cantidad de sangre en sus manos puede ser la misma.

Por supuesto pienso en Irán. Hablo de esa hostil y agresiva cadena humana de actos de matarifes desde el comienzo de los tiempos. Violencia que tanto odian -y odiarán por siempre más- las madres de la Tierra sin distinción.

Un círculo del que parece no podamos escapar. Predestinados a mordernos como en el fondo de los océanos; dirigidos a la yugular del más débil como hacen los animales en las noches del desierto. Un raro razonamiento de destrucción y acecho que no cesa.

El fusilamiento y la defunción de una madre en un parto me parecen las muertes más tristes y dolorosas que existen. Más terribles. La de los niños viaja a parte. Ya dijo Vicent Andrés Estellés que si un dia sabemos que han matado a la muerte, no dudemos en afirmar que habrá sido un padre, o una madre.

No soy filósofo. Imagino que habrán especialistas en el problema de la violencia.¿Cual es el origen del Mal? Cojer a un puñado de hombres. Hacerlos prisioneros toda la noche y esperar a que amanezca. Cuando los primeros rayos del sol alumbran -siendo bien conscientes de su fin- les siegas la vida. Toda la vida por delante. Mirándote. Sin ninguna mácula en su pasado. Con su única vida a cuestas. Con sus seres queridos. Con sus ideas. En las cunetas de aquí y allá son sembrados como rosas que nunca más florecerán. Inocentes. Incomprensiblemente. Han muerto por ese viento furioso que moviliza quizás las chaquetas de los generales a su paso; un aire que crece desde los despachos; un aliento que ya no encuentra más razón que ahogar al otro; un vaho que no quiere admitir dos bocas. Pero las dos son inocentes.