No me gustan los estadios (incluso ni ver las motos en directo). Ese pálpito al unísono, ese codazo de satisfacción del que está al lado, la exaltación desorbitante y exagerada a la grada cuando la humilde pelota roza o no roza la línea, señores que esa bola no explota; las yugulares henchidas de cólera e indignación dirigidas hacia las madres bondadosas del contrario que está luchando igualmente con pasión y orgullo......Prefiero no verlo. Prefiero no sentir todo ésto. Las banderas, los himnos encendidos....

Es un juego intenso el fútbol a veces y yo algún partido vería desde casa si su sistema de arbitraje no fuera tan antidiluviano.

La polémica del último penalty Barça-Madrid no existiría si unas cámaras estratégicamente situadas pudieran ayudar al colegiado a tomar decisiones trascendentales sobre el terreno. No se detendría el juego ni 15 segundos.

El deporte se convierte así en palabrería. En vociferación. En errores. En una injusticia palpable. ¿Y quien disfruta con las injusticias? No lo sé. Creo que nadie debería. Pero ¿responde alguien a esta sin razón?. O más bien: ¿A qué responde esta sin razón?

¿Se imaginan las carreras de caballos o coches sin foto final? ¿Se imaginan el atletismo con unos árbitros que no basaran sus decisiones en la imagen que reciben en la pista? ¿Se imaginan que dieran la visctoria inapelabe a unos, cuando posteriormente se viera en el vídeo que realmente ganaron y son mejores otros?

Es incomprensible que el fútbol continue con su silbato, las caminatas negras arriba y abajo y las banderitas alzadas....para equivocarse infinidad de veces. Por eso yo no voy a ver ningún partido de los Mundiales que vienen. Todavía quiero seguir creyendo en la aplicación de soluciones justas a problemas reales y no enervarme ni alterarme con aficiones que parecen no ver -a parte de cómo son las jugadas realmente- el daño que se le hace así al deporte.