Los seres humanos tenemos un destino trágico. Atravesamos conscientes la línea de la no existencia. No sabemos cuándo. Y todos estaremos algún dia al otro lado.
Mientras, en la vida, muchas veces sin saber por qué, permanecemos años o instantes en un lugar privilegiado o desolador.
Si nos rige el determinismo o el libre albedrío es una cuestión sin dilucidar. Posiblemente, como muchas otras cosas de la realidad, exista a partes iguales en nosotros.
Pero en casos de terrorismo en paises democráticos con estados de derecho, es indudable que no hay confusión posible: Las víctimas jamás eligen su condición y la violencia es supremamente ilegítima.
Por tanto en estas naciones (sean supra, micro o transnacionales) con instituciones democráticas elegidas líbremente por el pueblo, apoderarse de la categoría de verdugo justiciero violento de los demás (a veces cobardemente, dada la indiscriminación con la que ejecutan) es una opción elegible. No hay destino en un acto sanguinario voluntario contra inocentes. Hay locura. Como quien ordena y planifica las guerras.
Que nuestro destino humano sea irremediablemente la locura además de la tragedia de sabernos un-ser-para-la muerte, formaría parte de otra discusión, de otra reflexión.
Mi opción desde que ETA comienza a asesinar a cargos electos vascos fue dejar de viajar al Pais Vasco.
Declarar en mi entorno que ésta era mi única y radical forma de protesta. El único argumento que encontré: Que ellos se aclaren. Porque me pareció atisbar un grave error en la perpetua justificación velada de la situación; en el encubrimiento de verdaderos y despiadados bestias avallasadores chuletas sin honra ni razón por parte de un 14% de aquellos ciudadanos. Y cuando entre todos lo hubieran solucionado, y si me querían, volver. Ya sin bombas.
Lamentablemente, de esta decisión hace ya años. Demasiados.
Y hoy, las víctimas, no están unidas. Se demuestra que las personas teniendo los mismos derechos y deberes no somos iguales. Es una lección que nos cuesta aprender. El problema es que desde esta premisa no podremos negar que quizás todos los verdugos tampoco sean iguales.
Lo que las víctimas no deberían hacer -y lo están haciendo algunas- es erigirse en soldados, en soldados de la paz. Con todas las imagenes y actitudes que esto comporta. Ser víctima es una desgracia, creo yo, un sufrimiento: No una avanzadilla belicosa, preparada y experta que represente a todos, ya que todos y en todo momento podemos pasar a serlo. Puede que por ésto surja la desunión entre ellas.
Por tanto, desde que la frontera de las urnas se aplicó por toda la geografía vasca sin distinción de credos ni filiaciones, y todo el mundo pudo ejercer su voz y su voto, la diferencia entre verdugos y víctimas quedó perfectamente delimitada y clara. Ya no forman parte de un destino común.
Millones de ciudadanos de otros pueblos de España sabemos perfectamente -en caso de que cese definitivamente el terrorismo etarra- que la altura moral y victoriosa siempre la tendrán las víctimas.
Además, en aquellos años de tristeza e impotencia, supimos (y así era la consigna de todos los grupos políticos democráticos) que la derrota tarde o temprano sería de ellos. ¿A qué viene ahora tanta discusión sobre quien gana, si aún sin victoria ya sabíamos que era nuestra?
Hoy -en caso de ese abandono definitivo de las armas terroristas- la moral, la justicia y los sentimientos pasan a primer plano. Y sólo de las profundas convicciones de cada cual en estas materias podrán sentenciarse algunas cuestiones y no otras.

Bienvenidos. Valencia. Spain. Alacant 1959.

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