Nada, Carmen Laforet, nada. A menudo digo estas palabras como una letanía que no me lleva a ningún lado, que resbala con mínimo esfuerzo por mis labios; las pienso atrapado quizás en un atasco de coches que no me llevará tampoco a ningún sitio; las recito durante esas horas oscuras de cualquier domingo al atardecer y que igualmente no me conducirán a parte alguna. Nada, Carmen Laforet, nada. Ni siquiera recuerdo ya bien la novela de aquella chica adelgazada por el hambre de post-guerra en una Barcelona emergente aunque algo cruel, mísera muchas veces, ni conocía por referencias directas o personalmente a su autora, nada. Por no saber, no sé si podré utilizar aquí su nombre, así, emplearlo tan a la ligera en apariencia, porque puedo decir que es con un profundo respeto. Ese año no nací yo todavía. Aquel 1944 Carmen Laforet dijo su Nada y ahora yo voy por ahí repitiéndolo insistentemente mientras crezco o decrezco o algo no marcha del todo bien, o no funciona como realmente quisiera. Nada.
Y da igual que sean un asunto personal o universal los motivos vitales aparentemente en contra, vistos por televisión o puede que leídos en un periódico, nada. Momentos de perenne desconcierto, algo muy humano parece ser, pero que no consigue llevarme a otro lugar que no sea la nada. No es angustia. Sí, creo que es la resignación que acude tras haber pasado esa angustia, la angustia. Ya no hay rebeldía frente a la claustrofobia; se civiliza la fobia y en ella crece la tela de araña que a la vez que aprisiona y nos fija en un rincón, nos alimenta. Nada, hay que permanecer a toda costa. Seguir aquí. Ni siquiera es desgana o aburrimiento. ¿Inercia? Totalmente. Digo mi letanía como un conjuro en contra de la estupidez de las personas, de su desfachatez, de su arrogancia y así me convierto también en un estúpido, aunque librado de chulería, en eso creo que sí, en eso creo que acierto; y librado de violencia física, también. ¿Y si inhibiéndome y mirando hacia otro lado también permito o contribuyo a este desarrollo anómalo de lo humano? ¿O lo verdaderamente humano es lo anómalo? No sé. Repito la letanía porque también es compasión y comprensión por tanta moderna basura, por tantos gritos heredados, por algún destino trágico profundamente triste que puedo ver o conocer.
No participar en la violencia de supervivencia chulesca reinante a principio de siglo en los países ricos me parece una contribución a la paz y a la convivencia. No estamos en guerra, no es para tanto, ya, aunque comprobado el gasto militar creciente podríamos dudarlo bastante. Y me seguirán llamando cobarde si la hubiere. ¡Que qué haría yo, me dicen, si la situación fuera haciéndose cada vez más irrespirable; sino me defendería, preguntan; si no defendiera a los demás, a los míos! ¡Qué pasaría! Qué lata. Aquí, el machito ha de cumplir con su cometido de machito incluso antes de la tragedia, ha de estar dispuesto para el linchamiento y quizás –ves tú- el linchado será cualquiera de nosotros. No entiendo bien que tenga que emplear mi rabia, mi desconcierto, la respuesta desordenada y refleja de supervivencia obligado a defender y apoyar a los otros chulos mayores que yo, a otros chulos que están por encima de nosotros y tarde o temprano optarán y provocarán el enfrentamiento entre los hermanos. Y si me buscan por bien, y no acudo, muchas veces no es egoísmo, sino porque reconozco que no hay solución: Que cada cual aguante su vela: Se que mi paño de lágrimas no sirve de nada. Ahí está sólo el tiempo para curar las heridas.
Bueno, algo de antes me ha salido un poco cristiano, pero creo que no hay manera de evitarlo. Ser algo cristiano en el Mediterráneo es casi como ser algo moreno a las orillas de este mar. Sin embargo, mi nada no es redentora. Podríamos decir que mi nada no es nada redentora. Yo no quiero meter el dedo en la llaga para señalarlos y que me coman: Sólo quiero renunciar y denunciar cualquier linchamiento: Quiero apartarme como de la peste de esa voluntad común –ancestral y actual- de soliviantarse; de erigirse en jueces; de erigirse en dioses verdaderos; en grupos; en verdugos sedientos de sangre y mal sobre los más débiles; los extranjeros pobres contra extranjeros pobres; los pacíficos muchas veces contra los pacíficos; ricos contra ricos por avaricia. ¿Cómo es posible? ¿La autodestrucción al final por estos salvajes que somos? Porque lo que no quiero es que se metan conmigo. Por eso no quiero meterme con nadie. Nada, sólo eso. Que me dejen en paz cuando yo digo dejadme en paz. Nada.
Bienvenidos. Nací en Alacant (País Valenciano. Antiguo Al-Andalus. Europa) en 1959. Mi primer artículo periodístico se llamó "Donde estará nuestro chupete" y como es lógico, lo publicó la revista de la escuela. Me gustaría poder escribir una columna diaria nada más levantarme de dormir mientras me tomo un café largo. E ilustrarla con alguna foto propia (aunque esto cada dia se complica más ya que no me gusta que comercien con ellas y ALDI lo hizo saltándose todas las licencias y mención de procedencia).

2 comentarios
mmmmm...pacorro. Nada no...nada no diría estas cosas, nada no se esforzaría por esta "impertinencia" escrita. No, nada, NO.
Te dejé un comentario en TRAura Foc.
Pues nada. Me he acordado de una adivinanza: ¿qué es algo y nada a la vez?
UN PEZ
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