He encontrado estas tres fotos al azar. Y sin embargo, tienen una interconexión, como en algunos cuentos los párrafos esconden personajes lejanos que vienen y van sin relación aparentemente entre ellos.

Recuerdo casi exactamente los sucesivos dias en que estas instantáneas captaron la luz y el aire de esos precisos momentos que nos parecieron redondos y felices, dignos de sucumbir para siempre en la coloreada lápida de un papel cuadrado de nuestra vida terrenal.

Pondré primero el gol. Un gol que no marca la pelota de nieve que luego viene; sino un gol de piedra siempre fosilizado en el área contraria, a punto de ser ganador, pero que sólo sonrie socarrón delante de esta portería con su figura de Peñón; un gol en silencio duro y tímido digno de la naturaleza más beatífica de los pies de un dios de mar y cielo. El cielo.

El incomprensible cielo lleno de calcetines y banderas volando que son cometas y a las que la portería mira y si no van hacia ella, ella quisiera ir hacia las otras, elevarse, que está harta un poco ya de tanta masculinidad de balón siempre con esa manía de intentar entrar y entrar y chillar....y chillar goooooool¡ Tiene ganas de fino viento en las caricias y telas entre los palos, suavidad de hilos y altura; verdadera altura de miras.

Y ahí estoy yo. Intentando todo a la vez. Tirar de la cometa y lanzar a la portería.Y estirarme. Y ser más alto. Sólo estoy en una foto, pero también me veo en las demás: A ciegas mirando, palpando con los ojos mi tierra, consciente del parto sin dolor que el obturador realiza cada vez entre mis dedos y su corteza."Sólo por amor". O sólo por el sol.