Realmente tus ojos no son tus ojos. Son un larguísimo tubo, un inmenso catalejo inmortal por donde entra la luz del sol de generación en generación. El misterio de la herencia coloca el gen de la mirada en su preciso lugar del cromosoma y desde el comienzo de los tiempos tus antepasados, tú y los que nos seguirán ven el mundo desde ahí.

Sentados o de pie. Asustados o felices, el larguísimo tubo escruta siempre lo mismo. La vida.

Si antes estaba llena de mamuts, ahora lo está de metálicos seres de cuatro ruedas que expelen un humo proveniente de la combustión de este líquido negro que en esencia nació de los árboles que se comían aquellos animales, por eso da igual, nada cambia. Es así. La vida es así de monótona.

No puede pues haber cansancio al amanecer; no debe haberlo. Y aunque no tengamos hijos, el catalejo es también el mismo; la idea de eslabón no cambia. Y nos obliga con el resto de la cadena. Crecer imagino que no es más que esto: Descrecer. Dejar que ese sol reflejado y absorbido a la vez por el catalejo penetre a espuertas en un cerebro que aun está vivo pero limpio y raso nuevamente como la conciencia de un bebé. Este clarividente instante de pertenencia a una misma y única luz obra el milagro de limpiar los circuitos y poner el contador a cero. Sólo una vez conseguido esto, el futuro es prometedor.